Ahora me doy cuenta… de que era verdad.
La mañana de la cirugía fue fría y soleada.
Nos colocaron juntos en la sala de preoperatorio. Dos camas una al lado de la otra, separadas por una cortina delgada.
Las máquinas emitían suaves pitidos a nuestro alrededor.
Daniel no dejaba de mirarme como si no pudiera creer que de verdad lo estuviera haciendo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó de nuevo.
“Sí”, dije.
Me apretó la mano.
—Te lo juro —susurró con voz temblorosa—, pasaré el resto de mi vida compensándote esto.
Esas palabras se me quedaron grabadas en la cabeza durante meses.
En aquel entonces, se sentían románticos.
Ahora simplemente les parece… irónico.
La recuperación fue brutal.
Me desperté sintiendo como si un camión me hubiera atropellado todo el cuerpo. Cada movimiento me dolía. Cada respiración me resultaba pesada.
Mientras tanto, Daniel tenía un riñón nuevo y una segunda oportunidad en la vida.
Durante semanas, nos movimos por la casa como dos abuelos exhaustos.
Los niños decoraron nuestras fichas médicas con corazones.
Los amigos trajeron guisos.
Y cada noche Daniel me cogía de la mano y me decía lo mismo.
“Somos un equipo.”