—No la lastimes. Véndela —repetía el granjero mientras observaba a la madrastra agredir a la niña.

Cuando enfermó, Bruno la cuidó noche tras noche.

Torpemente.

Inexperto.

Pero con presencia.

Y la presencia, a veces, lo es todo.

Fue allí donde algo cambió de verdad.

No con palabras.

Sino con cariño.

Días después, cuando se recuperó, encontró un vestido azul doblado sobre la cama.

Sencillo.

Hermoso.

Elegida para ella.

Tenía miedo.

Pero la conservó.