Su padre, Bosi, también regresó.
Destrozado.
Arrepentido.
Pero era demasiado tarde.
Aline no gritó.
No lloró.
Simplemente siguió adelante.
Porque algunas heridas no necesitan respuestas.
Solo continuidad.
En la granja, la vida florecía.
Llegó la lluvia.
La cosecha fue abundante.
Y junto con ella, creció algo más grande:
Respeto.
Compañerismo.
Amor.
Hasta que un día, sin lujos, sin celebraciones…
Decidieron permanecer juntos.
Bajo un árbol.
Descalzos.
Sin promesas vacías.
Solo la verdad.
Aline no fue comprada.
No fue entregada.
Ella eligió.
Y esa elección lo cambió todo.
Hoy, sentada en el porche, dijo:
“Pensé que sería una sirvienta para siempre. Hoy soy dueña de mi propio nombre”.
Bruno solo la miró.
Porque hay cosas que no necesitan ser dichas.