Heredé sólo una planta vieja; la verdad que contenía lo cambió todo.

Al día siguiente, Léa me llamó llorando… pero no era un llanto normal.
Era un llanto roto, lleno de miedo.

—“¡Ven… por favor, ven ahora mismo!”

Su voz temblaba tanto que no hizo falta preguntar nada más.

Cuando llegué, la casa estaba en silencio. Demasiado silencio.

La puerta estaba entreabierta.

Entré.

La maceta estaba en el suelo, hecha pedazos. La tierra esparcida como si alguien hubiera buscado algo con desesperación.

—“Está aquí…” —susurró Léa desde el fondo.

La encontré en la cocina, pálida, con los ojos rojos… sosteniendo un sobre viejo, manchado de tierra.

—“Lo encontré dentro de la planta…”

Me lo dio con manos temblorosas.

En el sobre había una frase escrita a mano:

“No todos merecen saber la verdad.”

Sentí un nudo en el estómago.

Lo abrí.

Dentro había una llave oxidada… y una foto.

La foto me dejó sin aire.

Era yo.