Heredé sólo una planta vieja; la verdad que contenía lo cambió todo.

Era una advertencia.
El sonido de la puerta al abrirse fue lento… arrastrado… como si algo al otro lado hubiera estado esperando mucho tiempo.

Léa retrocedió.

—“No… no deberíamos estar aquí…”

Pero yo ya no podía moverme.

La llave en mi mano encajaba perfectamente con lo que estaba ocurriendo… como si siempre hubiera sido mía.

Di un paso hacia el pasillo.

Luego otro.

Cada paso hacía que mi pecho se sintiera más pesado… y, al mismo tiempo… extrañamente familiar.

—“¿Por qué sabes dónde ir?” —preguntó Léa, con la voz quebrada.

No respondí.

Porque no tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta.

Llegué a la puerta.

La empujé.

Dentro… había una habitación pequeña, sin ventanas. Polvorienta. Olvidada.

Pero no vacía.

En el centro, una mesa.

Y sobre ella…

docenas de fotos.

Léa se acercó lentamente… y al verlas, dejó escapar un grito ahogado.