El cuaderno se me cayó de las manos.
Imágenes empezaron a golpear mi mente.
Fragmentos.
La casa.
La suegra.
Conversaciones que no recordaba… pero que habían ocurrido.
—“No…” —murmuré— “No puede ser…”
Léa retrocedió, aterrorizada.
—“¿Qué hiciste…?”
La miré.
Y por primera vez… no supe qué versión de mí estaba hablando.
—“Yo no… yo no lo recuerdo…”
Pero entonces…
algo más apareció en mi mente.
Algo que no era un recuerdo.
Era una certeza.
Yo no había llegado a esa casa por casualidad.
Yo había sido enviado.
Y su madre…
no era una víctima.
Era quien me creó.
Léa empezó a llorar.
—“Dime la verdad…”
La miré fijamente.
El silencio pesaba como una condena.